Enseñar o deslumbrar

El valor de lo sencillo en el aprendizaje del timple

Enseñar con el timple implica más que deslumbrar con obras complejas. Cada obra “sencilla” tiene su propósito: desarrollar técnica, musicalidad y expresividad. Adelantarse a obras avanzadas puede privar al alumno de una base sólida. Si un alumno está holgado técnicamente, trabajemos la musicalidad al detalle. No se trata de tocar más difícil, sino de tocar más bello. En resumen, no dejemos huérfanos a nuestros alumnos de lo esencial: la exquisitez nace del dominio de cada paso.

A menudo, algunos profesores se dejan seducir por la capacidad técnica de un alumno, adelantando obras que, aunque desafiantes, no permiten consolidar todas las facetas. Las obras “sencillas” tienen su lugar porque aportan un abanico completo de habilidades: desde una colocación precisa de las manos hasta mantener y comprender la estructura armónica. Cuando saltamos estas etapas, el alumno puede llegar a tocar la obra difícil, pero no con esa exquisitez que transforma una ejecución en arte.

Cuando un alumno aborda de forma progresiva cada pieza, construye no solo técnica, sino una comprensión profunda del instrumento. Esa “obra simple” le enseña a controlar la pulsación exacta, a darle forma a una frase musical o a mantener y comprender la estructura armónica. Y cuando llegue a la obra realmente compleja, la interpretará con una madurez que no se improvisa.

El error de saltarse etapas

Si damos al alumno obras de su alcance que lo retan sin desbordarlo, cultivamos lo técnico y lo musical a la par. Así, en el futuro, no habrá que insistir en la colocación o la pulsación, porque esos hábitos estarán arraigados. El alumno, entonces, se centrará en la música: fraseo, expresividad y profundidad. Porque lo técnico y lo musical crecen juntos.

Es cierto que existen alumnos con una facilidad natural fuera de lo común, auténticos “mirlos blancos”, capaces de resolver obras complejas con aparente soltura. Pero esa no es la realidad de la mayoría. La gran mayoría del alumnado necesita un proceso, un camino progresivo y bien construido. Y es ahí donde está la responsabilidad del profesor. Porque cuando ese proceso se acelera o se salta, aparecen carencias que se hacen evidentes: falta de control del sonido, de la frase, de la pulsación, de la expresividad. Son alumnos que pueden “tocar” obras complejas, pero no dominarlas en profundidad. Por eso, no se trata de frenar al alumno, sino de formarlo de verdad, dándole el recorrido necesario para que, cuando llegue a niveles altos, no tenga vacíos que arrastrar.

Y aquí es donde me pregunto: ¿por qué la prisa? ¿Quién busca deslumbrar? ¿El alumno o el docente? Reflexionemos sobre si al adelantar obras más complejas estamos cumpliendo un sueño personal o realmente ayudando a que el alumno crezca. 

Me gusta volver a una frase que decía el productor musical de Mercedes Sosa: “Las cosas sencillas son las más jodidas”.

2 comentarios en “Enseñar o deslumbrar”

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